Y comencé a escribir sobre cosas que apenas entendía. Me sumí en el agujero más profundo, me ahogué, me llené de mis propias mentiras, me insinué a un poema que ni expresaba, ni decía. Escuché canciones que no ubicaba, di vueltas hasta marearme, me llevó el viento, el mar, acabé ahí, sentada, en el lugar con menos luz, sacando a la luz lo que me ahogaba, haciéndome la tonta como cuando creía mentiras, escribiendo poemas que decían y ocultaban. Y con una canción que sólo dos entendían.
Bastan simples gestos, una mirada, una sonrisa, una llamada, una nueva persona o aquella en la que nunca pensaste de ese modo, para que en una milésima de segundo, despiertes. Para que empieces a sentir de verdad, para que de tu mente salgan miles de poemas, para que entiendas canciones, para que aprendas a creer mentiras.
Cierra los ojos, exacto, estás viendo los suyos. Los únicos que han hecho que aprendas a ser tú misma.
Y si esos ojos no han conseguido hacerte sentir así, abre los tuyos, porque alguien los estará buscando para enseñarte.
